domingo, 3 de febrero de 2013

No nos llames 'peculiares', no lo somos


Muchas veces me han dicho que tengo una familia 'peculiar', incluso que yo misma tengo comportamientos ‘peculiares’. Al principio no le daba importancia pero, después de oírlo más de veinte veces, empecé a darle vueltas al tema. Malo.

Pensé, a ver Sonia ¿qué cosas ocurren en tu familia que la hace ‘peculiar’. No se me ocurría ninguna, porque todo lo que me venía a la cabeza eran comportamientos absolutamente normales, creo.

-Mi hermano cuando era pequeño no sabía torcer. ¿Estáis esperando una aclaracion? No la hay: mi hermano solo andaba en línea recta. Él se ponía a caminar y pisaba todas las cosas que estaban en su camino, tuvieran vida o no. Y cuando no podía seguir, porque era físicamente imposible, esperaba a que alguien le colocase en otra dirección para reanudar la marcha.

En el colegio, cuando salían al recreo podía pasarse horas de cara a la pared. ¿Castigado? No coño, esperando ayuda.

-Mi tía Pilar nunca utiliza la palabra casa, ni la palabra piso, ella siempre dice vivienda. No me preguntéis por qué. Ella usa expresiones como: mi hijo se ha comprado una vivienda, o, que vivienda más bonica tiene mi prima en Sevilla, o, hay en la playa unas viviendas lindísimas... No conozco a nadie más que use esa palabra, salvo a los que escriben los carteles publicitarios que hay en los descampaos: promoción de viviendas de lujo, excelentes calidades.

-Yo subo las escaleras corriendo, pero solo si el tramo es pequeño, entre cinco y diez escalones.  Si es más largo lo subo como las personas normales. Y también tengo absoluta debilidad por las escaleras mecánicas… ¡Me fascinan! Pero esto sí tiene una explicación. Las primeras las vi con 14 o 15 años (En Almería somos así, pa que vamos a gastar en escasleras mecánicas pudiendo subir los escalones como dios manda, poniendo primero un pie y luego el otro). Imagino que esta devoción es porque quiero recuperar el tiempo perdido en nuestra relación. Me gusta subirlas, bajarlas, subir en las que bajan, bajar en las que suben... ay.

-Mi padre NO PUEDE practicar deporte (de un tiempo a esta parte, por motivos de salud) pero no ha dejado de adquirir material deportivo. “Nena es que es para andar”, me dice mi madre. Ahhhhh. 
A ver, tiene varios chandals, para andar, bueno vale. Tiene varios tenis (zapatillas de  deporte para los que no son de Almería) para andar, bueno vale. Tiene una bolsa de deporte, para andar, ¿cóoooomo? bueeeeeno vale. Pero... ¿una pala de padel?, ¿una pala de padel para andar? ¿Y que la usa de bastón? (lo visualizo y me parto)Por ahí no paso. Así que ahora la tiene mi hermano que ya sabe torcer y además juega al padel.

-Hubo una temporada en la que era imposible encontrar los mandos a distancia en casa (en Almería). El de la tele, el del vídeo, el del equipo de música… Desaparecían un día, al cabo de un tiempo aparecían de repente, pero volvían a desaparecer cuando menos lo esperábamos. El misterio siempre ocurría cuando la casa se quedaba vacía, de modo que cuando volvíamos a nuestra ‘vivienda’ los mandos no estaban. Pero un día pillé a la culpable, ajá.
Era mi abuela… los escondía (debajo del sillón, en el mueble bar, detrás del mueble del comedor…).
 
–Abuela ¿qué haces?
–¿Qué? ¿Ah lo dices por los mandos?.
–Sí, hemos comprado tres mandos universales en un mes porque desaparecen los originales.
–Ya, es que los escondo cuando nos vamos. Así, cuando vengan a robar a casa y los ladrones se lleven la tele y la radio, se van a joder que no van a poder usarlos, porque los mandos no los van a encontrar (y se partía de risa… y yo... cada vez que me acuerdo).

Me vino a la cabeza alguna cosilla más pero ninguna fuera de lo común, eran todas de este tipo. Debe ser que el adjetivo 'peculiar' tiene algún significado que desconozco.

Por cierto lo he vuelto a hacer: le dije a mis amigas (que querían probar el parapente) que había leído nosé donde que las personas que practicaban regularmente vuelo sin motor tenían migrañas fortísimas. Ja.

jueves, 3 de enero de 2013

COSAS QUE NO QUIERO VOLVER A HACER


Por fin se acabó el año, tenía unas ganas... Digamos que 2012 no estará entre mis preferidos.

¿Y ahora qué? Llegó el momento de los lugares comunes: los buenos propósitos.
Una rubia siempre está llena de ellos, lo que no significa que los vaya  cumplir, la mayoría de las veces no puede.

Yo no tengo una lista de  buenas intenciones para 2013, yo simplemente me conformo con que cosas como estas no me vuelvan a ocurrir. Es bastante sencillo, ahí voy.

1.Dejarme las llaves de la moto puestas (en la moto me refiero, después de aparcarla). Sí, lo hago. Y no importa el lugar. Hasta ahora siempre ha habido almas caritativas que me las han devuelto, pero sé que no siempre será así.

Aprovecho para dar la gracias a todos los que no me han robado la moto y han tenido la oportunidad de hacerlo:
A Iñaki que me las trajo a la redacción.
A un portero de la calle Lagasca.
Al quiosquero de enfrente de mi garaje, que no me acuerdo de su nombre pero que siempre está cantando y eso me gusta mucho.
A mi vecino de aparcamiento, Sergio, que tanta paciencia tiene.
A mi compañero Alvaro.
Y a una chica que aparcó a mi lado en Chueca

2.Sufrir cuando personas que conozco hacen puenting, montan en avioneta, sé tiran en paracaídas o practican vuelo sin motor; y decirles cosas que me invento como si en realidad las tuviese contrastadas. Como por ejemplo: "mucha gente que lo hace muere de un infarto, lo he leído". "Hay más paracaídas que no sé abren de los que crees".  "Ya casi no quedan especialistas que doblen a los actores en pelis de acción [han muerto]".  Venga no lo hago más.

3. Ir a ver películas de miedo al cine, porque en casa es otra cosa, pero en el cine, ay en el cine... lo paso fatal.
No descarto morir de un infarto, palabra, me lo tomo todo muy a pecho.
No veo las escenas de miedo porque me tapo los ojos, con lo cual veo más o menos 1/3 de la peli.
Salgo con contracturas musculares en cuello, hombros y espalda completa.
Miro con recelo a las personas con las que me cruzo los dias después de haber ido al cine.
Si es de espíritus, tengo pesadillas, y si es de psicópatas me paso un mes corriendo por la calle para llegar rápido al coche, para llegar rápido a la redacción, para llegar rápido a casa; con lo cual vivo agotada permanentemente... y eso no puede ser. Lo malo es que me encanta, pero tengo que ser fuerte y pasarme a la comedia o a esas pelis que solo te cuentan cosas, buenas o malas, pero cosas normales.
Las de drácula no las veo, me muero.

Pues de momento con cumplir estas tres cositas de nada me doy por satisfecha. Hay alguna más, pero eso es otro post.








 

jueves, 22 de noviembre de 2012

Yo soy más de teloneros


Así es, siempre me han gustado los primeros que salen a escena, esos que finiquitan la espera. El aperitivo, eso es; el aperitivo es lo mejor siempre.

Bueno, a lo que voy. Me aficioné tanto a los teloneros que varias veces compré entradas a conciertos para ir a ver al grupo ‘b’ y marcharme tan contenta antes de que saliese a tocar el responsable de que tooooodo ese público estuviese allí reunido.

Cuando te vas de un concierto antes de que empiece la gente te mira raro: “Uy mira la rubia que se ha cansao (es que como casi siempre eran en Almería la expresión era exactamente ésa)”. Pero no, más feliz que una perdiz me iba yo después de cantar como una loca esas canciones que casi nadie sabía (porque además yo soy mucho de canciones de cara B, pero ese es otro post).

 Al grano que me salen ramas. El otro día una de mis amigas me dijo, de pasada, que iba al concierto de Un pingüino en mi ascensor y se quedó tan ancha. Ése era el telonero que más perseguí en mi adolescencia. Tenía TDKs llenas y llenas con sus canciones, qué recuerdos… Me acoplé.

 Qué decir: colosal, aunque el sonido era malísimo; soberbio, aunque no se entendían las letras; divertido, sin aunques.

 Lo que tenía pinta de acabar igual de bien que empezó se enturbió porque una vez más saqué a relucir la rubia más absurda que hay en mí. Os explico.

 Acaba el concierto y como buena grupi llego hasta ellos (José Luis Moro y Mario Gil para más señas) y me hago la mítica foto. Y como no puedo estar callada le digo:

 - José Luis, me ha encantado, qué pena que no hayas cantado la del melocotón.

 - ¿Cuál? -me dice ojiplático mientras se retira la Heineken de los labios.

 - Sí hombre, la del melocotón- insisto yo, desperdiciando una oportunidad única de callarme.

 - Ésa no es mía- me contesta.

 - Que sí hombre que sí…- y voy y se la canto (noooooooo rubia nooooooo).- “Y así lloró el melocotón cuando el cuchiiiiiillo lo pelóóóóóóóó”.

 Él, que es, imagino, un hombre educado, me mira como con pena, le da un sorbo a la Heineken y me dice:

 - Encantado; pero esa canción no es mía.

 
Un poco confundida volví con mis amigos, uno de ellos lo había presenciado todo y lloraba de la risa. Saqué el móvil y tecleé en google: Melocotón, cuchillo, canción… ¡Mierda! Es de Pabellón Psiquiátrico, otro gran aperitivo.

 

lunes, 12 de noviembre de 2012

Boxear es exctamente eso, boxear

He dicidido retomar mi actividad porque tengo algunas cosas que NECESITO compartir. En este tiempo de ausencia han ocurrido cosas, pero la más importante es que ahora boxeo. Sí, como lo leeis. Y esta vez he ido a practicar boxeo sabiendo exactamente lo que era. ¿Creéis que es una obviedad lo que acabo de escribir? Pues no lo es. Yo he ido a entrenar a rugby creyendo que iba a ser animadora de futbol americano, cuando descubrí mi error tenía una rodilla rota y la cara morada. He ido a comer ternasco creyendo que era ternera (odio el cordero). He ido a ver Bailando con lobos al cine pensando que era un musical. Fui a un quiosco a comprar el periódico el Sol, años después de que lo cerraran... y así puedo seguir hasta mañana. Pero a clase de boxeo fui sabiendo que se usaban guantes para practicarlo y que la base de este deporte era dar golpes a tu rival. Mi objetivo no era ese claro (dar golpes a nadie), sino ponerme en forma y me habían dicho que ese era el camino. Y doy fe de que lo es. El entrenamiento que se requiere para boxear es tan completo que no hay un solo músculo de tu cuerpo sin activar. Por no hablar de la adrenalina que se descarga dando directos, ganchos y crochés (como controlo eh??) a un saco... todo el mundo debería hacerlo al menos una vez en la vida.
No tiene precio ver a la rubia boxeando, no me reconozco. Ésto también habría que hacerlo al menos una vez en la vida: ver a una rubia boxeando.
 

miércoles, 8 de junio de 2011

Mi nuevo número favorito

Me encantan los restaurantes de barrio. Me encantan los restaurantes japoneses de barrio. Para ser rubia (natural) soy muy poco snob la verdad. Me vuelvo loca con los manteles de usar y tirar, los tubos fluorescentes y los menús que valen 9.50 de lunes a viernes y 15 el fin de semana.
El otro día fui al japo de mi barrio: espectacular. Desde la decoración, adquirida en el chino ( no en el restaurante sino en la tienda multiproductos) de enfrente, hasta ellos mismos, con su media lengua y su sonrisa perenne. Voy mucho, pero mucho, y llamo por teléfono a menudo para que me traigan a casa el pescadito y el tofu. La conversación siempre es la misma, pido un mix de atún y salmón y mi interlocutor me advierte que vale, que no es lo habitual (para eso son muy alemanes, o atún o salmón) pero que hacen una excepción. También me dice que me lo cobran a precio de atún  (bastante más caro), por si me rajo. Yo acepto y fin de la charla. Cuando voy allí a comer siempre me ofrecen sake o algún digestivo al pedir la cuenta, es algo que hacen con todo el mundo, no sólo con las rubias, no sólo conmigo. Pero el otro día me sentí un poco especial. Después de comerme todo un barco de sashimi, de babor a estribor, así, yo sola, sin solución de continuidad y sin dejar que mi acompañante metiera palillo. Pido la cuenta y el camarero hace la previsible invitación a Sake, la rechazo y, de repente, me entrega una tarjeta... ¡a mí! Era una deferencia, un reconocimiento, una especie de trato preferente. ¡Me dió una tarjeta de descuento! Sí, como los cheques del Vip's, como las tarjetas del súper. Me puse muy contenta, me sentí distinta. Era un descuento sublime, asombroso, único, irrepetible... ¿De cuánto? querréis saber, del 8%: colosal.

lunes, 24 de enero de 2011

También hay que saber ganar

Hacía más de un mes que no escribía nada, pero es que he estado muy ocupada recuperando mi vida deportiva y decidiendo con qué dieta me quito los dos kilos (ya serán 4) que he cogido esta Navidad. Como comprenderéis con todo esto encima cómo iba, además, a pararme a pensar y escribir, me hubiese explotado literalmente la cabeza.
Como soy muy aventurera y arriesgada mi deporte de cabecera es el padel, voy a clase una vez por semana, bueno sería más correcto decir que pago por ir y que a veces voy. Cuando lo hago me siento realmente bien porque resulta que los miércoles siempre pido postre en el almuerzo pensando que esas calorías me las ventilaré horas después en mi clase de padel, así que cuando no voy la mala conciencia me corroe. Para estar mas a gusto conmigo misma me he apuntado a un ranking, pero siempre pierdo. Llevo jugados tres partidos, dos de los cuales los tuve ahí a puntito, os lo juro, pero a mí la presión me puede y cuando veo que puedo ganar... me pongo nerviosa y lo hago todo mal... no nací para ganar, qué le vamos a hacer. Lo siento por mi compañera, de verdad Elena, sé que además de verme impecable en la pista te encantaría que ganáramos ¿verdad?
En cuanto a los kilos que año tras año gano en Navidad la pauta es la suguiente: los gano en diciembre, los retengo en enero, los incremento en febrero, me pongo de mala leche con ellos en marzo y los pierdo en abril. ¿Lo veis? Perder sí que sé. 

lunes, 6 de diciembre de 2010

¿Todos los controladores van al cielo?

Una vez, hace mucho tiempo, ví un anuncio en el cine que me dio una pena tremenda, era de la cadena de restaurantes La vaca argentina. Una voz en off decía "¿donde van las vacas buenas?", mientras en la imagen se veía a diez o doce vaquitas con coronas de santo y alitas, la voz en off seguía diciendo: "al cielo". Después la misma voz preguntaba ¿y las vaquitas muy buenas donde van? y en la gran pantalla se veían unas vacas supermonas pastando en el prado, jugando y con dos coronas de santo cada una. Finalmente la voz sentenciaba muy ufana "¡a la parrilla!". ¡Ay! Casi se me saltan las lágrimas, me pareció de una crueldad sin límites. Reconozco que he seguido comiendo carne de vaca, pero nunca ha sido igual. Bueno dicho esto concluyo que aunque me encantaría que los controladores aéreos fuesen a la parrilla, no será posible porque la bondad no es una se sus características principales... ni secundarias. Tampoco van al cielo, ni siquiera hacen que otros vayan, no ya no... y espero que de aquí en adelante no lo hagan nunca más, al menos no los que lo hacían hasta ahora, sino gente nueva, normal. Sin más pretensiones que las de trabajar para vivir, bien por supuesto, y que el resto podamos hacerlo, cada uno de acuerdo con sus posibilidades pero sin fastidiarle la vida a nadie y sin contribuir a que mi raíz crezca y crezca. Ya me tocaba darme las mechas en Almería... pero mi vuelo no salió. (Esto no es cierto pero de haberlo sido no quedaría viva ni una sola torre de control aeroportuaria... habrían ardido todas).